● Diego Spagnuolo pasó de ser “el abogado amigo del presidente” a convertirse en la pesadilla de la Casa Rosada. El ex titular de la Agencia Nacional de Discapacidad, que prometía limpiar pensiones truchas, ahora asegura que lo dejaron solo y que teme por su vida. Afirma que rechazó la oferta de dos estudios de abogados que, según él, el Gobierno le mandó como salvavidas secreto. Mientras tanto, los chats con Javier y Karina Milei volaron de sus teléfonos como si hasta la nube practicara obediencia debida.

● En su entorno intentan defenderlo: “Diego es un bocón, sí, pero porque no tenía experiencia política previa, entonces hablaba con cualquiera como si fuera un ciudadano más”. El detalle es que esos “cualquiera” eran el Presidente, su hermana, los Menem y hasta Pettovello. La ironía es obvia: el funcionario que jugaba al ciudadano común terminó borrando los mensajes con los que manejan el poder. Y hoy repite que está “cagado hasta las patas”, al borde de convertirse en ciudadano arrepentido.

● La trama ya parece un policial barato. Entre los sospechosos de grabarlo aparecen nombres que rozan lo bizarro: el consultor Fernando Cerimedo, la diputada Marcela Pagano y hasta operadores internos del propio Milei. Cada café puede terminar en prueba judicial y, en paralelo, jubilados y personas con discapacidad siguen esperando definiciones reales. El Gobierno debate quién espió a quién, mientras las familias discuten algo más urgente: cómo comer, pagar remedios y el alquiler.

● Spagnuolo insiste en que sus decisiones fueron prolijas: dice que apenas firmó tres licitaciones y que hasta en limpieza eligió la empresa más barata. El resto, señala, lo manejaba otro funcionario. Pero en política “cuidar la firma” no alcanza: si la medicación no aparece y la pensión no se cobra, todo lo demás es papel muerto. En las casas no se revisan expedientes; se cuentan hasta los billetes de 20 pesos.

● Ahora, el hombre que tenía poder general firmado por Milei jura que si habla “arma un quilombo padre”. El problema es que ya borró lo que más valía: sus conversaciones con el Presidente. La contradicción es de manual: pide contar la verdad, pero escondió la evidencia. Lo irónico es que en el Gobierno lo ven como un bocón y en la Justicia como un arrepentido en potencia. En un país donde los arrepentidos se cotizan como bonos, Spagnuolo es la acción más tóxica del mercado político.

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