El robo está a la vista. Literal. Un lente intraocular que un médico paga $30 mil, PAMI lo compra a $230 mil. Mismo modelo, mismo laboratorio, mismo todo. Ocho veces más caro. No es un error administrativo: es un contrato de 80 mil millones de pesos repartido entre cinco laboratorios.
Hasta julio, cada oftalmólogo compraba los lentes, operaba y rendía con factura. Había un mínimo de control. Desde agosto, PAMI centralizó la compra. ¿El resultado? Precios disparados. El mismo lente que un médico paga $30 mil, la obra social de los abuelos lo paga a $230 mil.
Los chats de más de 500 oftalmólogos explotaron. “¿Alguien sabe qué pasó?”. Nadie lo entiende. La indignación recorrió el país. Mientras los médicos compran a precio real, PAMI firma contratos ocho veces más caros. La pregunta no es técnica: es moral. ¿Quién se queda con el vuelto? (que dicho sea de paso, son más de 50 millones de dólares).
El contraste es insoportable. A los jubilados ya les sacaron remedios de cuajo. Ahora también hacen caja con la vista de los que anhelan volver a ver. La vejez convertida en negocio. La salud transformada en caja. Y el silencio oficial multiplica la sospecha: no es ineficiencia, es un festín de sobreprecios.
El Gobierno que hacía arcadas y vomitaba solo de pronunciar la palabra corrupción, hoy la mastica sin atragantarse. Predican honestidad en los atriles, pero esa honestidad no aparece en los contratos, ni en las planillas, ni en los hospitales. Se la traga el poder, mientras ponen mordaza a periodistas para que no difundan los audios que no pueden explicar.
Es brutal: primero coimas de seis millones de dólares con el dinero de personas con discapacidad. Después, remedios arrancados de prepo a los jubilados. Y ahora, negocio con los abuelos que no pueden ver. Es aberrante, cruel y descarado. ¿Queda algún vestigio de humanidad en este compendio de saqueadores desaforados?
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