Daniel Parisini, alias el Gordo Dan, no es un cualquiera detrás de un teclado. Es el principal vocero digital de Javier Milei, candidato a diputado nacional de La Libertad Avanza, anfitrión del streaming donde el propio Presidente pasa horas burlándose de la gente y agrediendo opositores. Es, en la práctica, la extensión de los pensamientos del mandatario y el megáfono de su furia en redes. Desde ese lugar lanzó su ataque más bajo contra Luis Juez, usando a su hija con discapacidad como arma política. Su posteo decía textual: “Luis Juez le acabó adentro a una mujer que no era su esposa y tuvo una hija. No se hizo cargo de la nena hasta que la Justicia lo obligó. Y ahora la usa para hacer política…”. La frase circuló como cloaca por las redes y terminó borrada cuando el repudio fue incontrolable.

No fue un exabrupto suelto. Parisini ya había pedido “sacar tanques a la calle” y fue orador en La Derecha Fest antes de Milei. Ahora cruzó un límite que parecía intocable: la discapacidad como chicana partidaria. Lo grave no es solo lo que escribió, sino que lo hizo alguien que se sienta al lado del Presidente, que busca una banca en el Congreso y que nunca recibe un freno desde la Casa Rosada.

Las familias con hijos discapacitados reaccionaron con bronca genuina. “Es un alivio la ley de emergencia en discapacidad”, decía una madre en el Senado, mientras en paralelo Parisini convertía ese derecho en motivo de escarnio. El contraste fue obsceno: mientras en el Congreso se votaba cobertura para terapias y medicación, el principal vocero digital de Milei usaba la parálisis cerebral de una chica como arma política.

Este no es solo un ataque a Juez: es un espejo del liberalismo que gobierna. Un modelo que habla de libertad pero silencia con insultos, que promete eficiencia pero degrada a los más frágiles, que dice defender al país mientras fabrica enemigos a cualquier costo. La pregunta es si Milei lo desautorizará o si seguirá haciéndose el distraído. Porque el silencio también es complicidad.

La conclusión es lapidaria: cuando el discurso oficial permite que un militante propio escriba “le acabó adentro” como argumento político, ya no se trata de libertad de expresión, sino de un proyecto que eligió la crueldad como identidad.

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