En Buenos Aires la respuesta de ayer fue demoledora: no se le pega a los jubilados. No se los empuja a elegir entre comer y medicarse. No se recorta a las personas con discapacidad para después hacer un asado en la quinta presidencial para agasajar a «87 diputados héroes». Esa combinación de desprecio y soberbia tiene costo político, y el electorado bonaerense lo dejó grabado a fuego: el poder puede gritar muy fuerte, pero el voto siempre grita mejor.

14,3 millones de electores, de los cuales un 72% está concentrado en la primera y tercera sección electoral bonaerense. Solo allí votan casi 10,3 millones de personas, poco más de una cuarta parte de los electores de la Argentina entera. En esos distritos, el peronismo se impuso en seis de ocho secciones y en 100 de los 135 municipios. No se trata solo de porcentajes: es la geografía política de una gran porción del país diciéndole al Presidente que no se gobierna desde un Excel ni desde un atril bañado en ira.

La participación fue del 63%, por debajo del 76% habitual. No es un detalle técnico: incluso con menos votantes, el mensaje fue brutal. El supuesto invencible perdió con cifras que muestran un rechazo extendido, transversal y difícil de disimular con discursos en inglés para Wall Street. El aura de “mejor gobierno de la historia” se derrumbó en un cuarto oscuro.

El problema no fue solo económico. Milei fue fiel a su propio ego: primero se peleó con el PRO, después con los radicales aliados, luego con jubilados, discapacitados, médicos del Garrahan, la prensa, los bancos, los empresarios, los gobernadores y el Congreso. Una cadena de conflictos que no construyó poder, sino aislamiento. Y cuando no quedó adversario disponible, empezó la pelea interna: antropofagia política, devorarse entre los propios, un espectáculo tan grotesco como previsible. Y si a eso le sumamos una corrupción desaforada fogoneada bajo el apellido Menem, bingo!

Como dice el refrán, el que siembra vientos cosecha tempestades. Lo que se sembró con recortes, insultos y soberbia, ahora vuelve como tormenta electoral. No hay relato que maquille ese cachetazo. Fue una respuesta organizada de una sociedad harta de ser carne de ajuste, mientras los que mandan juegan a la motosierra y brindan con dólares en viajes internacionales. El poder les abrió tanto el apetito, que comenzaron a tragar sin mirar a los costados, y en esa atragantada aparecieron las coimas en discapacidad y los sobreprecios en la obra social de los abuelos. La corrupción ya no es un rumor: es la radiografía brutal de un modelo que se devora a los más vulnerables, mientras, mirándolos a los ojos, les sonríe y les dice: «ahora son libres».

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