● El gobierno nacional sostiene con orgullo que no tiene política industrial, bajo la idea de que las fábricas locales no son competitivas y que lo mejor es abrir la economía. La señal más clara fue la llegada al puerto de Zárate de un barco con 5.500 autos eléctricos chinos que entran sin pagar impuestos, un beneficio que las terminales locales ven como un golpe de gracia a la producción nacional.
● Esta decisión de facilitar las importaciones con un dólar barato es el eje central del plan de Luis Caputo para intentar bajar la inflación, aunque el costo sea la destrucción del tejido productivo. Mientras en países vecinos como Brasil se usan cupos de importación para obligar a las empresas a fabricar localmente, en Argentina el esquema es inverso: se premia al que trae productos terminados de afuera. Esto genera un debate feroz entre quienes piden proteger el trabajo argentino y quienes aseguran que el consumidor merece precios más bajos sin importar el origen.
● Voces de peso como Paolo Rocca, del Grupo Techint, advirtieron que el mundo está volviendo a proteger sus industrias y que Argentina se está quedando a contramano. Sin embargo, desde el gobierno responden que «la mejor política industrial es la que no existe», reforzando la idea de que los sectores que no puedan competir deben desaparecer. Lo curioso es que muchos empresarios fabriles, por ideología o miedo, se mantienen en silencio o incluso apoyan las medidas que están paralizando casi la mitad de sus propias máquinas.
● Lo que puede pasar ahora es una pérdida irreparable de conocimiento y puestos de trabajo que no volverán fácilmente. Al cerrarse una fábrica, no solo se pierde el empleo directo, sino todo el saber acumulado por generaciones de operarios y técnicos. Si esta tendencia se mantiene, Argentina corre el riesgo de convertirse en un país meramente importador, donde el consumo dependa exclusivamente de lo que se produzca en otros rincones del mundo, dejando a miles de familias en la incertidumbre total.
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