Una caja fuerte vacía y con elastiquines tirados. Esa imagen se volvió el resumen perfecto de la política argentina de hoy: discursos ruidosos y políticos con los bolsillos llenos. Lo que debería ser un símbolo de resguardo se convirtió en el ícono más ácido de un gobierno que prometió terminar con la casta, pero tras rodearse de ella, hoy aparece atrapado en lo que decía repeler.

El juez Sebastián Casanello bloqueó las cajas de seguridad de Diego Spagnuolo, su segundo Daniel Garbellini y el empresario Jonathan Kovalivker. Los tres tienen prohibido salir del país. La medida llegó tras secuestrar U$S 266.000 en varios sobres con anotaciones, $7 millones y varios celulares. El hallazgo golpea donde más duele: en la credibilidad de un gobierno que había hecho de la anticorrupción su principal bandera.

La investigación persigue un presunto esquema de coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) vinculado a la droguería Suizo Argentina. Las cifras son escandalosas: contratos que saltaron desde los 4.000 millones en 2024 a 108.000 millones en 2025, es decir 27 veces más. Si se confirma lo denunciado, un 3% en coimas equivale a 2.400.000 dólares. ¿Cómo explicar semejante desfalco mientras millones de argentinos no logran cubrir lo básico?

En Nordelta, la caja fuerte vacía hizo reír con bronca: la plata ya no estaba, solo los elastiquines. La metáfora se escribió sola. Y como si faltara sal en la herida, en los audios filtrados aparece mencionada Karina Milei y Lule Menem. La sola mención golpea la credibilidad presidencial. Para peor, Martín Menem apareció en TV asegurando que venían a terminar con los viejos políticos, y puso de ejemplo a su propia familia, con medio siglo en el círculo del poder. Una ironía que sonó a burla nacional.

Kovalivker, dueño de la droguería, que estuvo prófugo cuatro días tras estallar el escándalo, finalmente se entregó en Comodoro Py y entregó su celular. Un gesto inútil frente a la imagen que ya quedó tatuada en la retina social: la caja fuerte vacía que grita más fuerte que cualquier expediente.

La ironía es inevitable. Milei construyó poder sobre la promesa de destruir privilegios, pero hoy los ve filtrarse por las rendijas de su propio espacio. La casta nunca se fue. Solo cambió de caja fuerte, de sede y de discurso. Y cuando un Menem intenta enrostrar que el país está contra su apellido, parece olvidar que durante la gestión de ese apellido hubo explosiones, contrabando de armas, bolsos con dinero y coimas que hicieron historia. Los billetes volaron y los elastiquines quedaron: es el nuevo símbolo de un país donde la corrupción no muere, apenas se maquilló de novedad.

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