● Vidrieras vacías, carteles de alquiler y persianas cerradas empiezan a repetirse en zonas comerciales: detrás de esa imagen, la producción textil registró en febrero una caída interanual del 33%, en un contexto donde el sector ya acumula más de dos años consecutivos en retroceso y la actividad no logra recuperarse.
● La contracción no se limita a un mes puntual. Los registros sectoriales muestran una tendencia sostenida a la baja que impacta en toda la cadena: desde fábricas y talleres hasta locales de venta, con menor rotación de mercadería, reducción de stock y menor volumen de producción.
● Uno de los factores centrales es la caída del consumo. La indumentaria forma parte de los gastos que muchas familias postergan, lo que reduce ventas y obliga a comerciantes y fabricantes a ajustar producción, recortar costos o directamente cerrar unidades que ya no resultan sostenibles.
● A ese escenario se suma la mayor presencia de productos importados. La apertura comercial incrementó la oferta de prendas a menor precio, lo que genera presión sobre los precios locales y dificulta la competitividad de la industria nacional, especialmente en segmentos sensibles como el fast fashion.
● El impacto también se traslada al empleo. La industria textil es intensiva en mano de obra y la reducción de actividad se traduce en menos horas de trabajo, suspensión de tareas y cierre de pequeños talleres, que son los más expuestos a los cambios bruscos del mercado.
● La situación actual muestra un sector con capacidad instalada ociosa, caída de producción sostenida y señales visibles en el entramado comercial. La continuidad de esta tendencia dependerá de la evolución del consumo, las condiciones de importación y la capacidad de las empresas para sostener la actividad en un contexto adverso.
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