● La situación dentro de YPF es alarmante y muestra una realidad que el gobierno intenta tapar con marketing. Mientras el jefe de la empresa es premiado en eventos elegantes, los papeles oficiales dicen otra cosa: la petrolera perdió casi 200 millones de dólares en apenas tres meses. Lo que más bronca genera es que, a pesar de estar en rojo, se gastaron 100 millones de dólares en publicidad para que los medios hablen bien de una gestión que no está dando resultados reales en los pozos.
● Para que los números no parezcan tan malos, están vendiendo «las joyas de la abuela». Se desprendieron de empresas que funcionaban muy bien y daban plata segura al país, como la fábrica nacional de fertilizantes, que terminó en manos de amigos del poder. También están abandonando pozos de petróleo en el sur, lo que significa menos trabajo para los argentinos y menos soberanía sobre nuestro propio suelo, todo para salvar un balance que está herido de muerte.
● El gran proyecto del gas licuado, que nos iba a salvar a todos, se está desinflando como un globo. Las empresas más importantes del mundo se fueron del país y dejaron a YPF sola porque no confían en el plan actual. Como no pueden mostrar grandes avances en energía, ahora se dedican a poner locales de comida rápida en las estaciones de servicio. Es decir, pasamos de soñar con ser una potencia energética a conformarnos con vender empanadas y hamburguesas mientras el petróleo se escapa.
● Lo que está en juego es el futuro de la empresa más importante de la Argentina y el bolsillo de cada ciudadano. Si YPF sigue acumulando deuda y vendiendo sus partes más rentables, tarde o temprano el impacto se va a sentir en el precio de la nafta y en la falta de gas para nuestras casas. Estamos ante un vaciamiento silencioso donde se prioriza quedar bien en las redes sociales mientras se rifa el recurso que debería asegurar el progreso de nuestros hijos y nietos.
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