Esta semana, los golpes vienen en tres frentes: Karina Milei deberá hablar en el Congreso, Luis Juez lloró reclamando respeto por su hija, y el Presidente anunció que vetará leyes que daban aire a universidades, provincias y hasta al Hospital Garrahan.
La hermana presidencial, que hasta ahora manejó todo desde las sombras, fue citada por el Congreso para explicar la “estafa LIBRA”. Si no se presenta, podrían llevarla con la fuerza pública. El dato es duro: la mujer que controla cargos y candidaturas sin abrir la boca deberá enfrentar un micrófono sin leer papeles. Ya se la vio (y tristemente también se la escuchó) en actos de La Libertad Avanza balbuceando frases sueltas, sin hilo y sin claridad. Esa torpeza, que hasta ahora pasaba inadvertida, será la gran herramienta de quienes la interpelen: no podrá esconderse detrás de un machete, tendrá que defenderse con la misma capacidad intelectual que su hermano dice medir cuando acusa a sus detractores de tener bajo IQ.
Mientras tanto, la escena más humana la puso Luis Juez. Con lágrimas, reclamó al propio Milei: “Necesito que se disculpen, carajo, necesito que levanten un teléfono y me pidan perdón. Lo necesito”. No hablaba como opositor: hablaba como amigo que sintió que los trolls libertarios cruzaron una línea con su hija. Y lo más triste: dijo que Milei podría haberlo frenado, pero eligió callar.
El tercer golpe llegó con la lapicera presidencial. Milei decidió vetar la ley de financiamiento universitario, la de emergencia pediátrica que incluía fondos para el Garrahan y la que ordenaba los Aportes del Tesoro Nacional. “No hay plata”, repite, mientras el tono de su voz refleja venganza por los malos resultados del domingo.
Pasando en limpio, el león enojado pretende armar una mesa política con gobernadores a los que, en el mismo acto, les cierra la canilla. Les pide diálogo mientras los cachetea. Lo llama “equilibrio fiscal”, pero en el día a día significa aulas vacías, provincias aisladas y hospitales que ahora se apoyan en los milagros.
Al final, la foto es un desastre: una hermana que no sabe hilvanar dos frases deberá explicar una estafa millonaria; un amigo quebrado pide que se disculpen por el ataque a su hija; y un presidente se ensaña con universidades, hospitales y provincias como si fueran enemigos personales. La motosierra ya no corta gastos: corta la confianza, corta los vínculos y corta la idea mínima de futuro.
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