El Presidente mira a cámara desafiante: una mesa larga, sillas frías y rostros pálidos que ni se miran. Esa fue la foto que eligió para mostrar “unidad”. Lo curioso es que en esa mesa política nacional sentó a los mismos de siempre, los que ya venían peleados entre sí y que hoy cargan con denuncias, derrotas y desgaste. Es como cambiar las lámparas quemadas del living por otras igual de rotas: la pieza sigue a oscuras.

Tras la paliza en Buenos Aires, Milei quiso limpiar a Lule Menem, pero la jefa Karina le frenó la mano: “Yo no entrego a mi gente”. Resultado: cero cambios, solo relanzaron una “mesa política” que ya existía, y que de política no tenía nada. Es sabido que para hacer política hay que abogar por el diálogo, no destruirlo con insultos. Es evidente que el poder real no está en Balcarce 50: está en la hermana del Presidente, que hasta hace un año hacía tortas para vender y probaba suerte en el programa de Guido Kaczka para ganar algún premio, y hoy decide el destino del país.

Javier Milei presidió la nueva “mesa chica” en una Casa Rosada que más se parece a un viejo castillo en Transilvania. En una sala tenue, junto a su hermana Karina, Guillermo Francos, Patricia Bullrich, Santiago Caputo, Martín Menem y Manuel Adorni. En un comunicado oficial prometió defender “con uñas y dientes” el rumbo actual porque “todas las demás recetas ya fracasaron”. Es decir, el rumbo de pagar más intereses a los bancos y facilitar negocios financieros a los extranjeros, mientras PyMEs y familias argentinas siguen desangrándose.

La puesta en escena fue casi vampírica: con poca luz, abundantes ojeras, rostros tensos y un Presidente que hablaba de prosperidad mientras sus socios se estudiaban y olfateaban de reojo.

Lo insólito es que ahora Milei también pide sentarse con los gobernadores, a los que hasta ayer ninguneó, insultó y trató de parásitos. Son los mismos mandatarios que asfixió para verlos morir junto a sus provincias, que quedaron aisladas. Difícil imaginar confianza cuando el que convoca es el mismo que los pisoteó públicamente.

El discurso libertario insiste en que “la libertad avanza o Argentina retrocede”. Pero los únicos que avanzan son los precios, y los que retroceden son los sueldos y las jubilaciones. La mesa política no parece un ámbito de acuerdos: es más bien un banquete sombrío donde cada uno calcula a qué cuello clavarle los colmillos primero.

En política, no hay mesa que aguante cuando los comensales solo piensan en sobrevivir chupando la sangre del que tienen al lado.

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