En política, cuando la mesa chica se llena de corrupción, la factura la cobra el pueblo. Karina Milei y los Menem imaginaron la estrategia electoral como si fueran arquitectos de un triunfo inevitable. Mientras tanto, crecían las denuncias por coimas con dinero de discapacidad y sobreprecios en la obra social de los abuelos que ya no reciben sus medicamentos. El resultado está a la vista: la derrota tiene nombres propios, y la gente ya pide esas cabezas como condición mínima para creerle algo al Presidente que dice no tolerar la corrupción.

El Jefe de Gabinete, Guillermo Francos, ensayó un mea culpa tibio: “Puede que hayamos sido soberbios”, dijo. Pero no fue solo soberbia: fue desprecio. El plan para octubre se resumía en una frase brutal que circuló en despachos oficiales: “contar con el voto de los negros de mierda que cagan en baldes”. Así definían a quienes no los votaron. Creyeron que la humillación era estrategia de seducción. La sociedad respondió como suele hacerlo: con las urnas empachadas de votos en contra.

El golpe no fue solo político: el dólar saltó a $1.450, el riesgo país trepó a 1.000 y las acciones argentinas se hundieron hasta un 20% en Wall Street. Hasta bancos como J.P. Morgan y Morgan Stanley, que suelen ser aliados del Gobierno, admitieron que la derrota fue peor de lo esperado y que el futuro pinta negro. Cuando los amigos financieros de siempre marcan distancia, es porque la “revolución de la motosierra” ya huele a pólvora mojada.

En el Conurbano bonaerense, donde el mileísmo soñaba con consolidar poder, la realidad fue un codazo en la mandíbula. Los barrios que antes veían en Milei un fenómeno pop hoy lo sienten como símbolo de opresión y mentira. Prometió cortar privilegios, pero ajustó jubilaciones, frenó tratamientos a chicos del Garrahan y se burló de los pobres con frases que ni un patrón de estancia se animaría a decir. Creer que ese desprecio no tendría costo fue una apuesta suicida.

Incluso desde afuera llegan advertencias. Diego Ferro, del fondo M2M Capital, sentenció: “Si el Gobierno en vez de dinamitar los puentes con la oposición moderada los hubiera mantenido, esta situación no habría pasado”. Martín Castellano, del Instituto de Finanzas Internacionales, fue igual de claro: la arrogancia no solo destruye votos, también espanta inversores. La soberbia en campaña es marketing; en el poder es dinamita.

Y mientras los libertarios se jactaban de clavar el último clavo en el cajón del peronismo, se tropezaron y levantaron la tapa. El que daban por muerto se paró, caminó y ahora les respira en la nuca a los carpinteros que jugaban con el martillo. Milei podrá citar al inglés Churchill o gritar “viva la libertad” hasta quedarse afónico, pero la realidad le contesta en castellano: mientras su hermana y los Menem sigan engordando en la mesa chica, el problema no será un peronismo resucitado, sino un banquete de caníbales políticos devorándose entre ellos.

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