Trece puntos de diferencia. Tremenda sutura. El mileísmo quedó en estado de shock. Perdió con diferencia de dos cifras y enfrenta un laberinto sin salida: un Congreso que no le vota, una Justicia que ya mide los tiempos para golpear y una sociedad que perdió la paciencia.

Ningún gobierno se sostiene con gritos ni frases de ocasión cuando las familias no llegan a fin de mes. El verdadero éxito no se celebra en conferencias de Wall Street ni se declama con citas de Churchill: se mide en sueldos que rindan, en la posibilidad de comprar remedios y en la calma de cada mesa argentina. Hoy esa calma está rota, y lo demás es puro ruido.

Argentina necesita crecer, trabajar y vivir en paz. Milei eligió la confrontación y los discursos que dividen. Un país fracturado no produce milagros, multiplica frustración. La derrota bonaerense lo confirmó: la sociedad se cansó de slogans y empezó a exigir respuestas.

El humor popular también marcó su ironía. Fuerza Patria rozó el 50% y para llegar le faltó un 3%. El mismo número que recuerda las acusaciones de coimas alrededor de Karina Milei. Una hermana señalada por corrupción con dinero de discapacitados, mientras el hermano insiste en hablar de milagros que nadie ve. “Todo el mundo ve el milagro, menos los argentinos”, dijo en su última visita a Estados Unidos. La respuesta se la dieron en las urnas: el único milagro es que todavía alguien crea ese relato.

La imagen final del discurso también dejó huella. Milei saludó a todos con abrazos y besos, salvo a Martín Menem, a quien trató con frialdad y apenas le extendió la mano. No parece un simple gesto: huele a quiebre interno. Cuando un modelo tambalea, el poder necesita fusibles. Y el primero ya está marcado.

El mileísmo enfrenta ahora su peor escenario: derrotado en las urnas que representan al 40% del país, cuestionado en la calle y fracturado hacia adentro. La motosierra fue un buen show de campaña, pero en el poder no corta leyes ni gana votos. Lo único que está cortando son sueldos, jubilaciones y el ánimo social. El reloj corre hacia octubre con un gobierno que perdió algo más que una elección: perdió el aura de invencible.

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