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El comportamiento de nuestra especie

Testigo de la crisis y de la oportunidad

En mis casi 44 años tuve que vivir una experiencia que la humanidad nunca había vivido: una pandemia que contagió de temor y ansiedad paralizante a toda la especie humana en el mismo tiempo, en todos los continentes y países.

Nunca antes había sucedido que dos personas en los polos opuestos de la tierra, pudieran sentir lo mismo en el mismo instante: las redes sociales nos mostraban el dolor de millones de seres humanos, en tiempo real, mientras lo estaban viviendo.

Un virus sumamente contagioso comenzó a infectar personas por todo el planeta, logrando llevarse la vida de los seres humanos que encontró más débiles: ancianos y otras personas de no tan avanzada edad que padecían enfermedades crónicas.

Sin ninguna preparación, en Argentina -mi país- tuvimos la oportunidad de atravesar esta crisis con la ayuda y los consejos de otros países que la sufrieron algunos meses antes, y que con generosidad nos aportaron sus experiencias para poder atravesarla.

En medio de la situación que duró varios meses, pude aprender mucho acerca del comportamiento de nuestra especie en situaciones extremas.

El virus le quitó a la humanidad entera una de sus mayores virtudes: la de vincularnos socialmente. El temor y la ansiedad se propagaron más rápido que el contagioso virus. Pude ver cómo de a poco comenzamos a exponer lo peor de nosotros. Nuestro individualismo, nuestra falta de empatía y un egoísmo extremo que nos hizo miserables.

Sin sentimientos de culpas ni ningún miramiento, hemos juzgado a otros, hemos discriminado y acusado. La negación se apoderó de nuestras personalidades. Nuestras palabras dejaron de construir. El resentimiento fue moneda corriente. El malestar social quedó expuesto en cada comportamiento, con impetuosas faltas de respeto a las autoridades, y hasta a nuestros propios vecinos.

Los meses pasaron y el aislamiento social quiso apropiarse de nuestra capacidad de ser y hacer. Nos había empezado a infectar el alma... Estábamos viviendo un experimento social inédito: miles de millones de personas “encerradas” en el mismo momento y en todo el mundo. De la noche a la mañana nos arrebataron nuestra libertad y nos “encarcelaron” en las cuatro paredes formadas por nuestra personalidad. Quienes la tenían más oscura fueron los que más sufrieron.

Pero afortunadamente no duró para siempre: “No hay mal que dure cien años”, aunque sí unos cien días. De a poco la humanidad comenzó a entender el mensaje. Lo que creíamos que venía a matarnos nos estaba enseñando que no somos diferentes. Nos igualó y nos hizo descubrir cuán frágiles somos. Esa fragilidad era el común denominador que nos vinculaba con cada uno de los seres humanos que estaba atravesando por la misma situación. Presidentes, reyes y mendigos podían sentir el mismo temor, cuando entendieron que los pulmones de todos los seres humanos funcionan bajo el mismo mecanismo.

La situación nos enseñó que habíamos perdido miles de horas encerrados en nuestros mundos, sin percatarnos que cada día que pasábamos desconectados de nuestros hijos, de nuestras parejas, de nuestros hermanos y padres, era tiempo que jamás recuperaríamos.

El lapso de debilidad nos reconectó con nuestras creencias, con nuestra Fe, con el espíritu de nuestra esencia. Nos recordó que nos habíamos olvidado de agradecer.

La crisis que debió atravesar todo el planeta llegó con la valiosa oportunidad de enseñarnos nuevas maneras de vivir. Nos recordó que debemos aprovechar el único tiempo que tenemos. Nos estimuló a utilizar mejor cada uno de nuestros sentidos. Nos hizo ver que nuestra felicidad no iba a depender más de cuánto gastáramos. Que nuestros costosos vehículos no servían para nada más que para regalarnos la ilusa fantasía de ser mejores que otros.

La humanidad entera renació. Recordó el olvidado significado de la palabra solidaridad. Gracias a Dios entendimos el mensaje. Comprendimos que la coexistencia con nuestros pares, con la flora, la fauna; y el respeto por el ambiente que nos provee la vida que tenemos, son fundamentales para nuestro desarrollo armónico y equilibrado. No puedo tener algo a costa de quitarte o matarte. El fin dejó de justificar los medios.

Comprendimos que por un largo momento habíamos perdido el rumbo… y que esa crisis nos regaló la oportunidad de reencausarnos.

Un poco tarde, pero aun así hemos aprendido… pagando un alto costo con miles de invaluables vidas perdidas. La historia de la humanidad es predictivamente cíclica, otras veces ya nos había sucedido lo mismo. ¿Por qué razón esperábamos que jamás nos vuelva a suceder?

Ojalá esta vez sea un aprendizaje para siempre. Y que la próxima vez que debamos enfrentar una adversidad global, nuestra especie se encuentre mejor parada frente al problema. Con seres humanos maduros y sabios, que hagan de la BONDAD la mejor de las herramientas para volver a ganar.



@JoshoCampillay / Twitter / Facebook / Instagram / Telegram

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  • Publicado por José Luis Campillay (Diario Chilecito) el Wednesday 25 de March de 2020 a las 13:19 Hs.
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